Me conformaría con un par de abrazos bajo un cielo de lluvia o con compartir una de esas jarras de cerveza que sirven en el bar del futbolín iluminado por una lámpara roja. Me bastaría con que entendieras lo que quiero decir, pero aquí no tengo espacio para expresar con normalidad lo que siento y el teléfono al que tienes que responder cuando te llamo está girando sobre balda superior de la estantería de mi habitación, tan lejana como tú ahora mismo.
Soportar el peso de los propios errores es mucho más duro que cargar con los del resto y me duelen los hombros. Eso no altera el deseo de llenar tu ausencia con una presencia perpetua a mi lado, la tuya, enseñándome a desenredar los nudos que invento por miedo a que descubras lo que encierro. Me conformaría con otro encuentro en un andén lleno de gente vacía de vida y con tu luz formando una alumbrado de colores vivos sobre sus grises pensamientos.
Pero lo que me rodea esta tarde es un brumoso pasado en una ciudad que cada vez me es más ajena, repleta de personas que me hablan de cosas que no termino de entender, con un destino más incierto que el mío. El tiempo parece no avanzar aquí y temo acabar perdida por los pasillos que conforman este entramado si decido permanecer un día más encerrada entre sus laberínticos muros.
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lunes, 4 de marzo de 2013
viernes, 7 de diciembre de 2012
Diciembre
Quise ralentizar el tiempo y conseguí pararlo, quise volar un rato y mi cabeza terminó chocando contra el suelo. Por estúpido que pueda parecer, tan sólo quise soñar que las cosas que están pasando dejaban de pasar, volver dos años atrás, tragarme las ideas que no me atrevo a compartir con nadie y enterrar la sensación de que nada de lo que hago merece realmente la pena. Pensé que sería capaz de olvidarme, por un rato, de que hay algo dentro de mí que no me deja llevar una vida tranquila y acabé lloriqueando entre comentarios sin sentido.
Me gusta más el verbo compartir que competir, tal vez por eso nunca he terminado de comprender el daño gratuito ni las malas intenciones, y verdaderamente pienso que cuatro palabras aparentemente ordenadas y sentidas jamás podrán sustituir a un buen abrazo.
Pero a quién quiero engañar, sólo intentaba olvidarme de ti sin darme cuenta de que la solución más eficaz sería ocuparme un poco más de mí.
Me gusta más el verbo compartir que competir, tal vez por eso nunca he terminado de comprender el daño gratuito ni las malas intenciones, y verdaderamente pienso que cuatro palabras aparentemente ordenadas y sentidas jamás podrán sustituir a un buen abrazo.
Pero a quién quiero engañar, sólo intentaba olvidarme de ti sin darme cuenta de que la solución más eficaz sería ocuparme un poco más de mí.
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lunes, 3 de diciembre de 2012
Blanco sobre negro
Las cosas que no se dicen arañan las gargantas. Llevo días pensando en lo irrelevantes que pueden llegar a resultar las palabras tanto cuando creemos que sobra tiempo para decirlas como cuando no sentimos la necesidad de escucharlas.
Hace dos días te vi en el rostro de otra persona. Llegaste con un gorro de lana gris y una herida en la frente. Me observaste desde sus ojos. Eras tú, juro que eras tú haciendo lo posible de un sueño, acariciando y tratando de alumbrar, aún más, cada uno de los recuerdos que aún no han logrado escapar de un pasado tan cercano como largo. Los veranos en la playa, tu pelo corto de dos colores, un cuadro de dos piedras sobre la arena fina, la cafetería de la estación donde tuve la certeza de que no volveríamos a abrazarnos, no en esta vida, tal vez en otra, si es que eso es posible; y una libertad que jamás olvidaré. Nadie se va nunca del todo, su estela nos sigue durante muchos años.
Entonces, cuando aún podía, no quise decir nada, la cobardía se mide por el número de veces que dejamos morir lo que sentimos. Ahora que ya no soy tan cobarde, no hay tiempo, no contigo, sí con otros a quienes intento transmitir palabras relevantes que aún no lo son pues se creen poseedores de toda la eternidad para escucharlas. Cuando hay tiempo todo importa menos pero pesa más. No esperamos ni deseamos hasta que llega el día en que las circunstancias nos hacen partícipes de su finitud, y es entonces cuando deseamos soltar lastre entre bares y lágrimas, cuando anhelamos que el abrazo no dado venga de otra persona, que la palabra no dicha sea comprendida por quien no está en el deber de hacerlo.
Es, por tanto, el mío, un intento vano de ganar tiemp. Ellos no escuchan, no esperan ni desean, les han enseñado a apretar bien los dientes para no dejar salir palabras que demuestren sentimientos, las mismas que mañana escupirán hacia una pared en blanco, susurrarán al fantasma del pasillo o gritarán hacia un abismo del que tan sólo obtendrán un eco ingrato y burlón.
Hace dos días te vi en el rostro de otra persona. Llegaste con un gorro de lana gris y una herida en la frente. Me observaste desde sus ojos. Eras tú, juro que eras tú haciendo lo posible de un sueño, acariciando y tratando de alumbrar, aún más, cada uno de los recuerdos que aún no han logrado escapar de un pasado tan cercano como largo. Los veranos en la playa, tu pelo corto de dos colores, un cuadro de dos piedras sobre la arena fina, la cafetería de la estación donde tuve la certeza de que no volveríamos a abrazarnos, no en esta vida, tal vez en otra, si es que eso es posible; y una libertad que jamás olvidaré. Nadie se va nunca del todo, su estela nos sigue durante muchos años.
Entonces, cuando aún podía, no quise decir nada, la cobardía se mide por el número de veces que dejamos morir lo que sentimos. Ahora que ya no soy tan cobarde, no hay tiempo, no contigo, sí con otros a quienes intento transmitir palabras relevantes que aún no lo son pues se creen poseedores de toda la eternidad para escucharlas. Cuando hay tiempo todo importa menos pero pesa más. No esperamos ni deseamos hasta que llega el día en que las circunstancias nos hacen partícipes de su finitud, y es entonces cuando deseamos soltar lastre entre bares y lágrimas, cuando anhelamos que el abrazo no dado venga de otra persona, que la palabra no dicha sea comprendida por quien no está en el deber de hacerlo.
Es, por tanto, el mío, un intento vano de ganar tiemp. Ellos no escuchan, no esperan ni desean, les han enseñado a apretar bien los dientes para no dejar salir palabras que demuestren sentimientos, las mismas que mañana escupirán hacia una pared en blanco, susurrarán al fantasma del pasillo o gritarán hacia un abismo del que tan sólo obtendrán un eco ingrato y burlón.
lunes, 26 de noviembre de 2012
Sinsentidos consentidos
Dicen que mi futuro eres tú y yo aún no comprendo el sentido de la vida, que todo lo que tiene solución termina por arreglarse y que lo que es susceptible de empeorar, lo hace. Dicen que todo lo que damos nos es devuelto, que la energía ni se crea ni se destruye pero no veo que nada se transforme.
Me siguen doliendo las mismas cosas y me sigue maravillando tu manera de transmitir optimismo, sigo temiendo depender de algo o de alguien pero sigo deseando hacerlo.
Dejo evaporar las palabras no dichas, me guardo el corazón en ese lugar que ni tú ni yo conocemos hasta que decide escapar hacia ese otro lugar en el que se convierte en algo vulnerable y miserable, a partes iguales, para volver magullado a revolcarse entre las letras que me obliga a escribir.
Querer abarcar mucho es como no amarrar nada y terminar perdiéndose en preguntas sin respuesta es una solución indeseable. Refugiarse en canciones dolorosas y curativas, rebobinar en VHS, aceptar que nunca terminaré de comprender nada, y entender que tener prisa por acabar con lo que aún no ha comenzado es como intentar respirar debajo del agua.
Me siguen doliendo las mismas cosas y me sigue maravillando tu manera de transmitir optimismo, sigo temiendo depender de algo o de alguien pero sigo deseando hacerlo.
Dejo evaporar las palabras no dichas, me guardo el corazón en ese lugar que ni tú ni yo conocemos hasta que decide escapar hacia ese otro lugar en el que se convierte en algo vulnerable y miserable, a partes iguales, para volver magullado a revolcarse entre las letras que me obliga a escribir.
Querer abarcar mucho es como no amarrar nada y terminar perdiéndose en preguntas sin respuesta es una solución indeseable. Refugiarse en canciones dolorosas y curativas, rebobinar en VHS, aceptar que nunca terminaré de comprender nada, y entender que tener prisa por acabar con lo que aún no ha comenzado es como intentar respirar debajo del agua.
jueves, 22 de noviembre de 2012
José González
Aquel día descubrimos a José González, versionaba "Teardrop" de Massive Attack y discutimos brevemente acerca de quién interpretaba aquella canción. Shazam nos sacó de dudas, a veces los avances tecnológicos sirven para algo más que para el desencuentro. Era José González.
Dos pacharanes y una cerveza. Risas y ganas de llorar. Palabras optimistas frente a la derrota. Te acercaste a la barra y pediste unos dardos al camarero. Me invitaste a jugar con la intención de entretenerme, pero esos dardos se convirtieron en piedras al tocar mis dedos y comencé a lanzarlos como si la diana fuera la culpable de la carencia de paz en el mundo o de cualquier otro mal, como si al romper alguna de aquellas plumas algo fuera a cambiar. Quise gritar pero no pude. Casi te gano.
Hacía frío, en Palencia siempre lo hace, y el mismo borracho de siempre cruzaba desde la barra hacia el baño sin miedo de ser alcanzado por alguno de nuestros proyectiles en esa noche de guerra; pero, para mí, fue el único momento de tranquilidad en todo el día. El único abrazo, la única sonrisa veraz, chicles sin azúcar cargados de alguna sustancia dulce que nos quitaban el hambre.
Tú no sabes que José González es mitad sueco y mitad argentino. Yo no lo he sabido hasta hoy. ¡Medio sueco! Qué irónica es la vida a veces, qué injusto para ti consolarme. No cabe el agradecimiento entre estas letras.
Esta mañana he estado escuchando canciones de ese hombre, aquel día nos reímos mucho de él, culpemos al pacharán. Suena realmente bien.
Nos vemos en Palencia, prometo lanzar los dardos con total normalidad.
Dos pacharanes y una cerveza. Risas y ganas de llorar. Palabras optimistas frente a la derrota. Te acercaste a la barra y pediste unos dardos al camarero. Me invitaste a jugar con la intención de entretenerme, pero esos dardos se convirtieron en piedras al tocar mis dedos y comencé a lanzarlos como si la diana fuera la culpable de la carencia de paz en el mundo o de cualquier otro mal, como si al romper alguna de aquellas plumas algo fuera a cambiar. Quise gritar pero no pude. Casi te gano.
Hacía frío, en Palencia siempre lo hace, y el mismo borracho de siempre cruzaba desde la barra hacia el baño sin miedo de ser alcanzado por alguno de nuestros proyectiles en esa noche de guerra; pero, para mí, fue el único momento de tranquilidad en todo el día. El único abrazo, la única sonrisa veraz, chicles sin azúcar cargados de alguna sustancia dulce que nos quitaban el hambre.
Tú no sabes que José González es mitad sueco y mitad argentino. Yo no lo he sabido hasta hoy. ¡Medio sueco! Qué irónica es la vida a veces, qué injusto para ti consolarme. No cabe el agradecimiento entre estas letras.
Esta mañana he estado escuchando canciones de ese hombre, aquel día nos reímos mucho de él, culpemos al pacharán. Suena realmente bien.
Nos vemos en Palencia, prometo lanzar los dardos con total normalidad.
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martes, 4 de septiembre de 2012
Septiembre
Yo escribo sobre ti desde antes de conocerte y seguiré haciéndolo aún cuando crea haberte olvidado.
Tú no tienes nombre pero sí un puñado de palabras, no sabes lo que me cuesta mantener la mirada sobre unos ojos desconocidos y apareces cuando el resto deja de existir. Escribes sobre mí pero no lo sabes, no mientes pero dueles, abrazas como nadie pero actúas como todos.
Yo te espero leyendo, apoyada en el árbol que aún no conoces, bajo la esperanza que derraman sus ramas, con los puños cerrados y el corazón contento.
Me quitarás el disfraz y te taparé los ojos. Te quedarás con las ganas de parar el ascensor porque seré yo quien lo haga y amenazarás con marcharte cada vez que el corazón quiere salirse de tu estómago.
Viviremos en un mundo que ninguno imaginamos.
Tú no tienes nombre pero sí un puñado de palabras, no sabes lo que me cuesta mantener la mirada sobre unos ojos desconocidos y apareces cuando el resto deja de existir. Escribes sobre mí pero no lo sabes, no mientes pero dueles, abrazas como nadie pero actúas como todos.
Yo te espero leyendo, apoyada en el árbol que aún no conoces, bajo la esperanza que derraman sus ramas, con los puños cerrados y el corazón contento.
Me quitarás el disfraz y te taparé los ojos. Te quedarás con las ganas de parar el ascensor porque seré yo quien lo haga y amenazarás con marcharte cada vez que el corazón quiere salirse de tu estómago.
Viviremos en un mundo que ninguno imaginamos.
martes, 28 de agosto de 2012
Massive attack
Voy a nadar todo lo que te echo de menos, voy a correr muy deprisa, cuesta arriba, hasta dejar atrás las cosas que nunca te dije. Voy a hacerme fuerte, aumentaré progresivamente las flexiones de olvido, los estiramientos de las huellas neuronales que no me han dejado salir de tu radar.
Habrá tardes que me dé por bucear en los recuerdos de un tiempo en que quise ser más lista que mi subconsciente, voy a cargar cada músculo de mi cuerpo con indiferencia al peso.
Soy consciente de que vendrán días de dolor de corazón, de contracturas de nostalgia y esguinces de soledad no deseada. Un masaje de cariño y el calor de la gente que está conmigo hará que todo sea nada, que llegues a desaparecer de un camino que jamás debiste haber pisado.
Habrá tardes que me dé por bucear en los recuerdos de un tiempo en que quise ser más lista que mi subconsciente, voy a cargar cada músculo de mi cuerpo con indiferencia al peso.
Soy consciente de que vendrán días de dolor de corazón, de contracturas de nostalgia y esguinces de soledad no deseada. Un masaje de cariño y el calor de la gente que está conmigo hará que todo sea nada, que llegues a desaparecer de un camino que jamás debiste haber pisado.
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domingo, 26 de agosto de 2012
Veneno
Escribo sobre lo que me pasa y lo que no, sobre lo que fue y lo que pudo haber sido, sobre ti, sobre ella y sobre el que no volvimos a ver. Escribo para bien y para mal, para desahogarme y encabronarme, para crear y destruir. Escribo sobre héroes y villanos, princesas y rameras, niños y ancianos. Sobre el frío de Palencia, la soledad madrileña y los veranos en Quintana. Sobre lo que sudo y lo que lloro, lo que río y lo que escondo. Pienso que escribir es más fácil que hablar mirándote a los ojos y que las palabras fluyen de manera más sencilla cuando consigo olvidarme un poco de ti.
No confío en la gente que no piensa en la muerte, pero tampoco en quien no sonríe. Me dan tanto miedo las ratas como los hombres que no dejan de apretarse el nudo de la corbata. Me enamoro de manera tan aleatoria que puede llegar a darme asco quien debería ser amado y puedo llegar a amar a la persona más asquerosa.
Tengo tantas ganas de verte como de olvidarte, prefiero las ojeras justificadas a las noches de sueños vacíos, y llorar sola a que no me abracen de verdad.
No confío en la gente que no piensa en la muerte, pero tampoco en quien no sonríe. Me dan tanto miedo las ratas como los hombres que no dejan de apretarse el nudo de la corbata. Me enamoro de manera tan aleatoria que puede llegar a darme asco quien debería ser amado y puedo llegar a amar a la persona más asquerosa.
Tengo tantas ganas de verte como de olvidarte, prefiero las ojeras justificadas a las noches de sueños vacíos, y llorar sola a que no me abracen de verdad.
lunes, 23 de julio de 2012
.
No fui porque jamás pensé que hacerlo fuera a cambiar algo.
Verte podría haberme hecho olvidar el recuerdo de un viaje en silencio, de unos brazos abiertos y dos cuerpos sobre la nieve de febrero a nivel del mar. No suelo buscar un fin cuando actúo, no creo que atándome el cordón no vaya a tropezar, no fui a verte ni volveré a hacerlo nunca porque no quiero que salgas de mis pensamientos.
La espiral de esperar lo que no debe ser esperado ha caído en el agujero negro que se esconde tras tus ojos y no seré yo quien vuelva a intentar sacar nada de ese pozo lleno de malas intenciones. No creo en ti, y a penas puedo confiar en mis impulsos. No quiero verte, no quiero olerte, ni tocarte. No quiero oír nada que tenga que ver con tu hipócrita vida, construida sobre los cimientos de la mentira. Me he cansado de todo, de nada, de decir que no cuando es que sí, del sí cuando debería decir que no, de que no quieras escuchar lo que tengo que decir porque te de pavor tomar conciencia de una verdad que ya conoces. No tengas tanto miedo porque este río no volverá a llegar al mar.
lunes, 30 de enero de 2012
Repeat
Que me juzgues por algo que no he hecho no cambia lo que eres. Intenta esconderte, sigue jugando al despiste y terminarás perdiendo lo que intentas conseguir. Está muy bien eso de conducir hacia ninguna parte, pero es muy duro que no haya nadie esperando tu regreso. Es muy diferente a no llegar a encontrarse entre una multitud. No tiene nada que ver abrir los ojos para mirarte que cerrarlos por preferir el sueño a la vigilia.
Pensar que la historia podría repetirse resulta aterrador y aferrarse al miedo puede que sea la mejor opción. O saltar sin red. O envolverse en ella y no salir jamás.
Pensar que la historia podría repetirse resulta aterrador y aferrarse al miedo puede que sea la mejor opción. O saltar sin red. O envolverse en ella y no salir jamás.
jueves, 12 de enero de 2012
Poker de ases
Me encontró sin buscarme, pero no debí haberle buscado para no perderme. El error del enamorado es dejarse ver demasiado, arrojar las cartas sobre la mesa antes de empezar la partida. Así nunca se gana.
Se me antojan ajenas las noches de insomnio y taquicardia, las ganas de escaparme contigo a otras ciudades para salvarnos del vacío que trae consigo la rutina, pasar de querer olvidarte a tener que esforzarme para pensar en ti.
El acierto está en no pensar en lo que deberíamos sentir, sino, más bien, en sentir lo que pensamos.
Ni tú ni yo fuimos las primeras, pero la siguiente tampoco será la última. Seguirá vagando en busca de lo que algún día creyó encontrar, el remedio a su vulgar existencia, el rostro que acariciar cada mañana. Seguirá queriendo ser lo que ni tan siquiera llega a aparentar, anhelando protagonizar una película que nunca se llegó a rodar.
Se me antojan ajenas las noches de insomnio y taquicardia, las ganas de escaparme contigo a otras ciudades para salvarnos del vacío que trae consigo la rutina, pasar de querer olvidarte a tener que esforzarme para pensar en ti.
El acierto está en no pensar en lo que deberíamos sentir, sino, más bien, en sentir lo que pensamos.
Ni tú ni yo fuimos las primeras, pero la siguiente tampoco será la última. Seguirá vagando en busca de lo que algún día creyó encontrar, el remedio a su vulgar existencia, el rostro que acariciar cada mañana. Seguirá queriendo ser lo que ni tan siquiera llega a aparentar, anhelando protagonizar una película que nunca se llegó a rodar.
martes, 27 de septiembre de 2011
Como otro cualquiera
Caminaba sin zapatos. Algunos le miraban con lástima, pero esquivar los cristales siempre le había resultado más divertido que pisarlos teniendo la seguridad de que no se le iban a clavar en la planta de los pies.
Perseguía sueños, coloreaban sus mejillas de un rojo y frío diciembre. Corría tras ellos descalzo y contento, confiando en su capacidad para cazarlos. Un día atrapó uno y se deshizo en sus manos. Comprendió, así, que los sueños que antes se cumplen son los que se pierden primero.
Bailaba con las sombras, a veces conocidas, otras anónimas transeúntes de aceras y hierba, de aguas y arena. Nunca se atrevió a decirle a nadie que las que más le gustaban eran las que llevaban flores en el pelo y dejaban mecer su melena al viento.
Hablaba con niños y viejos, se enfadaba con la gente que intentaba regalarle chanclas, playeras o mocasines y creó una pantalla a su alrededor que no dejaba pasar las voces de los que le llamaban loco.
Dibujaba estrellas, de todos los tamaños y colores, en paredes y en papel. Poseía su brillo y no sospechaba ser una de ellas, pero todos lo sabían, lo que generó decenas de envidias tumorales, la felicidad ajena es algo que a pocos logra contentar y aún a menos consigue contagiar.
No tenía dinero, se había gastado hasta la última moneda viviendo de nube en nube, y todo lo que llegó a robar fueron helados de pistacho.
Adoraba disfrazarse, algunos días de infeliz, otros de cobarde, a veces de persona normal. Con poco atavío pero con mucha expresión. Tenía una boina que se colocaba del revés cuando quería burlarse de los muertos de oficina, unas gafas con medio cristal y un collar de caracolas. Tenía tu edad o la mía, pero otras rutinas.
Siempre sonreía. (...)
Perseguía sueños, coloreaban sus mejillas de un rojo y frío diciembre. Corría tras ellos descalzo y contento, confiando en su capacidad para cazarlos. Un día atrapó uno y se deshizo en sus manos. Comprendió, así, que los sueños que antes se cumplen son los que se pierden primero.
Bailaba con las sombras, a veces conocidas, otras anónimas transeúntes de aceras y hierba, de aguas y arena. Nunca se atrevió a decirle a nadie que las que más le gustaban eran las que llevaban flores en el pelo y dejaban mecer su melena al viento.
Hablaba con niños y viejos, se enfadaba con la gente que intentaba regalarle chanclas, playeras o mocasines y creó una pantalla a su alrededor que no dejaba pasar las voces de los que le llamaban loco.
Dibujaba estrellas, de todos los tamaños y colores, en paredes y en papel. Poseía su brillo y no sospechaba ser una de ellas, pero todos lo sabían, lo que generó decenas de envidias tumorales, la felicidad ajena es algo que a pocos logra contentar y aún a menos consigue contagiar.
No tenía dinero, se había gastado hasta la última moneda viviendo de nube en nube, y todo lo que llegó a robar fueron helados de pistacho.
Adoraba disfrazarse, algunos días de infeliz, otros de cobarde, a veces de persona normal. Con poco atavío pero con mucha expresión. Tenía una boina que se colocaba del revés cuando quería burlarse de los muertos de oficina, unas gafas con medio cristal y un collar de caracolas. Tenía tu edad o la mía, pero otras rutinas.
Siempre sonreía. (...)
lunes, 26 de septiembre de 2011
Probabilidad
Siempre quisiste vivir en un mundo en el que todo fuera posible pero, aunque sabías que nada era imposible, no tuviste en cuenta que todo era improbable y me cansé de verte queriendo lo que no debe quererse por no ser querido el momento en el que deben quererse ciertas cosas. Habría sido mejor querer lo que tenías que querer, unas manos que no fuesen a soltar las tuyas en pleno vuelo, mirar sin miedo, besar con rabia, reír con ganas, dejarte sorprender, asumir ciertos riesgos, abandonar la manía de mezclar la ropa blanca con la de color y empezar a sincerarte contigo misma.
Sin embargo, no lo hiciste, no lo haces y, algún día, cuando todo haya pasado, te darás cuenta de que la espera no sirvió de nada y que el calor que esperabas a penas fue una ilusión del frío que recibiste.
A nadie le gusta dormir con su enemigo, a no ser que esté dispuesto a sufrir, pero quién te va a advertir a ti, que llevas años mezclando sentimiento y apatía, de que compartes lecho con el mismo diablo. Nadie es quien dice ser, ni llega a ser lo que cree ser.
Ese día, te odiarás por haber malgastado el amor que ahora ilumina tus ojos cuando te rozan otras manos, pero sentirás alivio. Alivio por haber dejado atrás unos días que hoy te parecen muros inquebrantables, alivio por mirar atrás sin fingir las sonrisas.
Algún día usarás la comprensión como arma blanca y me herirás de gravedad.
Sin embargo, no lo hiciste, no lo haces y, algún día, cuando todo haya pasado, te darás cuenta de que la espera no sirvió de nada y que el calor que esperabas a penas fue una ilusión del frío que recibiste.
A nadie le gusta dormir con su enemigo, a no ser que esté dispuesto a sufrir, pero quién te va a advertir a ti, que llevas años mezclando sentimiento y apatía, de que compartes lecho con el mismo diablo. Nadie es quien dice ser, ni llega a ser lo que cree ser.
Ese día, te odiarás por haber malgastado el amor que ahora ilumina tus ojos cuando te rozan otras manos, pero sentirás alivio. Alivio por haber dejado atrás unos días que hoy te parecen muros inquebrantables, alivio por mirar atrás sin fingir las sonrisas.
Algún día usarás la comprensión como arma blanca y me herirás de gravedad.
martes, 6 de septiembre de 2011
En saco roto
Hay cierto tipo de personas a las que voy metiendo en un saco. Llevo unos cuantos años haciéndolo y es posible que algún día termine por llenarse. Cuando eso suceda, lo anudaré bien y lo tiraré al primer río que vea. Está claro que, para cada uno de nosotros, ese tipo de personas tiene diferentes cualidades. A mi saco, entre muchos otros, han ido cayendo horteras, vanidosos, cobardes, hipócritas, todos aquellos que se dejan llevar por río social en el que algunos intentamos nadar a contracorriente, y los retorcidos que inventan más que hablan. Aunque seguramente ellos no piensen lo mismo y, si tuvieran un saco, se irían deshaciendo de los que encajan en mi definición de buena gente.
Todo es relativo, y que a mi me parezca estupendo que quieras pintar conmigo las paredes de mi casa mientras me dejes elegir el color, no quiere decir que tú no puedas preferir que yo lleve el color a la tuya y pintemos con tus rodillos.
Pero vamos a dejarnos de rollos metafóricos, esto viene a que si tú fueras un poco menos gilipollas es muy posible que no estuvieses metido en el saco del que vengo hablando. Si no te hubieras dejado llevar por la ira del momento, si no hubieras pateado más de un mueble y más de dos, si no hubieses tenido ciertas alucinaciones visuales y auditivas, estoy completamente segura de que seguiríamos bebiendo cervezas y compartiendo libros, inventando frases y matando días. Pero saliste rana y resultaste ser uno de los desequilibrados mentales más histriónico que he conocido. Mira que te dije que perder el equilibrio, de vez en cuando, no viene mal pero, como en toda balanza, cuando el que vence es el lado malo, terminas por caer al saco.
Es una lástima que esté tan lleno y no pueda rescatarte. Es tanta gente la que hay ahí dentro que me aterra la idea meter el brazo y terminar mintiendo a gritos que me han arrastrado, por error, hasta allí.
Todo es relativo, y que a mi me parezca estupendo que quieras pintar conmigo las paredes de mi casa mientras me dejes elegir el color, no quiere decir que tú no puedas preferir que yo lleve el color a la tuya y pintemos con tus rodillos.
Pero vamos a dejarnos de rollos metafóricos, esto viene a que si tú fueras un poco menos gilipollas es muy posible que no estuvieses metido en el saco del que vengo hablando. Si no te hubieras dejado llevar por la ira del momento, si no hubieras pateado más de un mueble y más de dos, si no hubieses tenido ciertas alucinaciones visuales y auditivas, estoy completamente segura de que seguiríamos bebiendo cervezas y compartiendo libros, inventando frases y matando días. Pero saliste rana y resultaste ser uno de los desequilibrados mentales más histriónico que he conocido. Mira que te dije que perder el equilibrio, de vez en cuando, no viene mal pero, como en toda balanza, cuando el que vence es el lado malo, terminas por caer al saco.
Es una lástima que esté tan lleno y no pueda rescatarte. Es tanta gente la que hay ahí dentro que me aterra la idea meter el brazo y terminar mintiendo a gritos que me han arrastrado, por error, hasta allí.
lunes, 22 de agosto de 2011
La realidad
No es sencillo mirar de frente lo que nos hace daño, como no lo es un "hasta siempre", ni cruzar los brazos cuando sabemos que ya nada se puede hacer. Duele hasta el hueso mirar a los ojos de quien está sentado en frente y adivinar resignación, asusta pensar que la fecha de caducidad está más cerca que lejos.
Conviene escapar, de vez en cuando, de la realidad. Ya no sólo por olvidar un poco que está ahí, acechante, como un tren fantasma en la noche más oscura, sino porque quizás sea la mejor manera de no perder el poco control que aún nos queda en un irremediable viaje hacia la nada. Aunque siga persiguiéndonos, conviene escapar.
Las cosas son como son, y aunque queramos pintar el cielo de otros colores porque estemos hartos del azul, no va a dejar de ser celeste, como los ojos de quien amaste y ahora no puedes ver. Suelo compararlo con la sensación que tengo cuando te veo y tengo que morderme las entrañas para no arrojarte a la cara la realidad que pareces haber olvidado. Te abrasaría la piel, te ahogarías en ella.
Pero qué te voy a decir yo que no haya hecho mal. Los errores siempre son injustificados. Los hay que olvidan una bolsa con ropa en una cafetería y los hay que prefieren ir dejando la vida en cualquier rincón, como si no fueran a morir jamás, sin saber que el jamás no es para siempre.
Es mejor despedirnos como si fuéramos a vernos mañana, hacer planes de un futuro inexistente, perdonar que no quieras seguir compartiendo tus veranos. Y es que he perdido las ganas de sufrir, las he dejado en un enero o en un mayo que, por desgracia, no van a volver. Hazme un último favor, no seas diciembre, no seas un dos.
Conviene escapar, de vez en cuando, de la realidad. Ya no sólo por olvidar un poco que está ahí, acechante, como un tren fantasma en la noche más oscura, sino porque quizás sea la mejor manera de no perder el poco control que aún nos queda en un irremediable viaje hacia la nada. Aunque siga persiguiéndonos, conviene escapar.
Las cosas son como son, y aunque queramos pintar el cielo de otros colores porque estemos hartos del azul, no va a dejar de ser celeste, como los ojos de quien amaste y ahora no puedes ver. Suelo compararlo con la sensación que tengo cuando te veo y tengo que morderme las entrañas para no arrojarte a la cara la realidad que pareces haber olvidado. Te abrasaría la piel, te ahogarías en ella.
Pero qué te voy a decir yo que no haya hecho mal. Los errores siempre son injustificados. Los hay que olvidan una bolsa con ropa en una cafetería y los hay que prefieren ir dejando la vida en cualquier rincón, como si no fueran a morir jamás, sin saber que el jamás no es para siempre.
Es mejor despedirnos como si fuéramos a vernos mañana, hacer planes de un futuro inexistente, perdonar que no quieras seguir compartiendo tus veranos. Y es que he perdido las ganas de sufrir, las he dejado en un enero o en un mayo que, por desgracia, no van a volver. Hazme un último favor, no seas diciembre, no seas un dos.
miércoles, 29 de junio de 2011
Reflexión sobre mi ceguera
He decidido que es el momento de corregir mi ceguera, voy a ir al oculista.
No penséis que esto de ver mal es algo nuevo. Puedo reconocer una línea en una pizarra, pero no soy capaz de distinguir las palabras que le dan significado a la oración. Y sin significado, nada tiene mucho sentido.
Puede que siempre haya visto mal y no me haya dado cuenta hasta ahora. Eso explicaría todas esas cosas que nunca he sido capaz de explicarte, no porque no haya querido hacerlo, sino porque aún no he encontrado la manera.
El problema no sólo es ver mal de lejos porque, para qué vamos a engañarnos, de lejos todos vemos más pequeño lo que es grande. Si se encuentra situado a más de treinta metros de nosotros, es posible que no lleguemos a distinguirlo del resto de la imagen.
El problema viene cuando no reconocemos lo que está cerca. Todo eso que está ahí, a un sólo metro, y que muchas veces vemos, pero no llegamos a mirar. Y no es que no queramos verlo, es sólo que estamos tan acostumbrados a que esté ahí que, los despistados, como yo, terminamos por olvidar lo que es importante y lo que no.
Por eso creo que es el mejor momento para graduar mi vista, porque mis ojos han dejado perfilar las cosas importantes, porque estás cerca pero no puedo verte, ni mucho menos, mirarte. Y tengo tanto miedo de que un día no sea capaz, ni tan siquiera, de sentirte, que necesito que alguien me ponga unos cristales ante los ojos. Tal vez para esconderme detrás de ellos y pasar un poco más desapercibida, o tal vez para volver a disfrutar de todos esos detalles que antes veía y he dejado de apreciar. Esos que te diferencian del resto de los mortales, los que te han convertido en el motivo por el que seguir adelante.
Claro que, así como voy a poder volver a disfrutar más de lo que ahora veo menos, también es cierto que voy a tener que lidiar con el hecho de tener que contemplar lo grotesco. Ya sé que siempre podré girar la cara, pero es algo que siempre estará ahí, rodeando nuestro mundo, ese que hemos ido creando con tiempo y paciencia, el mismo en el que me has hecho sentir alguien y del que sólo podré salir cuando salgas tú.
Por ahora, seguiré esperando a que el médico me diga: "no hay más ciego que el que no quiere ver".
No penséis que esto de ver mal es algo nuevo. Puedo reconocer una línea en una pizarra, pero no soy capaz de distinguir las palabras que le dan significado a la oración. Y sin significado, nada tiene mucho sentido.
Puede que siempre haya visto mal y no me haya dado cuenta hasta ahora. Eso explicaría todas esas cosas que nunca he sido capaz de explicarte, no porque no haya querido hacerlo, sino porque aún no he encontrado la manera.
El problema no sólo es ver mal de lejos porque, para qué vamos a engañarnos, de lejos todos vemos más pequeño lo que es grande. Si se encuentra situado a más de treinta metros de nosotros, es posible que no lleguemos a distinguirlo del resto de la imagen.
El problema viene cuando no reconocemos lo que está cerca. Todo eso que está ahí, a un sólo metro, y que muchas veces vemos, pero no llegamos a mirar. Y no es que no queramos verlo, es sólo que estamos tan acostumbrados a que esté ahí que, los despistados, como yo, terminamos por olvidar lo que es importante y lo que no.
Por eso creo que es el mejor momento para graduar mi vista, porque mis ojos han dejado perfilar las cosas importantes, porque estás cerca pero no puedo verte, ni mucho menos, mirarte. Y tengo tanto miedo de que un día no sea capaz, ni tan siquiera, de sentirte, que necesito que alguien me ponga unos cristales ante los ojos. Tal vez para esconderme detrás de ellos y pasar un poco más desapercibida, o tal vez para volver a disfrutar de todos esos detalles que antes veía y he dejado de apreciar. Esos que te diferencian del resto de los mortales, los que te han convertido en el motivo por el que seguir adelante.
Claro que, así como voy a poder volver a disfrutar más de lo que ahora veo menos, también es cierto que voy a tener que lidiar con el hecho de tener que contemplar lo grotesco. Ya sé que siempre podré girar la cara, pero es algo que siempre estará ahí, rodeando nuestro mundo, ese que hemos ido creando con tiempo y paciencia, el mismo en el que me has hecho sentir alguien y del que sólo podré salir cuando salgas tú.
Por ahora, seguiré esperando a que el médico me diga: "no hay más ciego que el que no quiere ver".
miércoles, 8 de junio de 2011
A grandes problemas...
La mayoría de las veces que vuelvo a leer los textos que he escrito, las conversaciones que he tenido, o repaso cosas que he hecho, aunque, en su día, creyese que estaban bien hechas, me siento un poco estúpida. Es una de las razones por las puse tanta privacidad en este blog. Por ejemplo, si la semana que viene releo esta entrada, es muy posible que la borre.
Es como ser el payaso de un circo de barrio, su misión es hacer que la gente se ría. Y le gusta que se rían porque, en definitiva, es la clave para mantener su empleo, pero, en el fondo, tras la función, le queda un poso de resentimiento consigo mismo. Tal vez por no poder ser el equilibrista o el domador de leones, o tal vez porque sabe que la gente no ve en él a ese que es capaz de caminar sobre una cuerda a diez metros del suelo, ni a ese otro que consigue meter la cabeza en la boca del león sin ser decapitado. No, la gente sólo ve la máscara que complementa a su ridícula imagen. Entonces, vuelve a ese cuarto lleno de cajas que tiene por camerino e intenta deshacerse de todo maquillaje. Se frota la cara y lo único que consigue es esparcirlo más. Patea un par de cajas y grita todo su silencio mientras la gente aplaude al contorsionista.
Quizás debería ser menos exigente conmigo misma, empezar a criticarme menos y a quererme más. Hay gente que se ama de sobremanera y nunca llegará a verse como el payaso, siempre se creerán equilibristas o domadores, y me parece estupendo. Ojala yo pudiera conseguir, ya no sentirme equilibrista, sino serlo.
He intentado buscar la solución, y dejar de escribir no es una opción. Puede que sea más fácil dejar de releer, de patear cajas y de gritar silencios. O puede que sea el momento de empezar a hacerlo de verdad.
Es como ser el payaso de un circo de barrio, su misión es hacer que la gente se ría. Y le gusta que se rían porque, en definitiva, es la clave para mantener su empleo, pero, en el fondo, tras la función, le queda un poso de resentimiento consigo mismo. Tal vez por no poder ser el equilibrista o el domador de leones, o tal vez porque sabe que la gente no ve en él a ese que es capaz de caminar sobre una cuerda a diez metros del suelo, ni a ese otro que consigue meter la cabeza en la boca del león sin ser decapitado. No, la gente sólo ve la máscara que complementa a su ridícula imagen. Entonces, vuelve a ese cuarto lleno de cajas que tiene por camerino e intenta deshacerse de todo maquillaje. Se frota la cara y lo único que consigue es esparcirlo más. Patea un par de cajas y grita todo su silencio mientras la gente aplaude al contorsionista.
Quizás debería ser menos exigente conmigo misma, empezar a criticarme menos y a quererme más. Hay gente que se ama de sobremanera y nunca llegará a verse como el payaso, siempre se creerán equilibristas o domadores, y me parece estupendo. Ojala yo pudiera conseguir, ya no sentirme equilibrista, sino serlo.
He intentado buscar la solución, y dejar de escribir no es una opción. Puede que sea más fácil dejar de releer, de patear cajas y de gritar silencios. O puede que sea el momento de empezar a hacerlo de verdad.
viernes, 3 de junio de 2011
Standby me
Intentar escapar de la rutina cuando no existe es algo bastante paradójico y con tendencia al desconcierto de cualquiera que lea estas patéticas líneas. Pero es lo que intento hacer, cosas diferentes con gente diferente aunque, por desgracia, nada de eso abunde en las calles de Madrid.
Llevo semanas intentando escapar de algo que no es real, de una vulgar rutina, de un nosaberquéhacerconlavida, que hasta al más simple de los mortales asustaría.
El problema es que, por más que recorro los rincones de mi mente buscando el botón de apagado mental, de desconexión terrenal, no lo encuentro. Quizás la cuestión no sea tanto buscar ese interruptor sino, más bien, encontrar aquello que consiga sumergirme en un disciplinado caos. Eso que me arrastre de vuelta al camino que se ha ido difuminando durante estos últimos meses.
Echo la vista atrás y, por un momento, viajo a los tiempos en los que las promesas se hacían juntando las puntas de los dedos índices. Aquellos en los que lo que más miedo me daba era mirar bajo mi cama en plena noche. Los mismos en los que se decidía quién se la quedaría al escondite mediante la ruleta rusa de la mano acusadora de aquel que rifaba, entonando una canción infantil, quizás, tratando de endulzar la situación, mientras cada uno de nosotros, en corro, rezábamos por no ser los elegidos para tener que contar hasta cien y salir a buscar al resto en plena noche. Incluso todo aquello me resulta hoy más justo que cualquiera de las cosas que vienen sucendiendo ultimamente.
Ahora mismo, me conformaría con ir a ver una lluvia de estrellas, con tumbarme en la hierba en plena noche mientras miro todos esos meteoritos chocar contra una atmósfera cada vez menos impenetrable y no pensar en nada.
Pero aquí no brillan otras que no sean las de mi habitación, aquí sólo he podido ponerle tu nombre a esa que está a punto de despegarse. Y no dejo de pensar.
Llevo semanas intentando escapar de algo que no es real, de una vulgar rutina, de un nosaberquéhacerconlavida, que hasta al más simple de los mortales asustaría.
El problema es que, por más que recorro los rincones de mi mente buscando el botón de apagado mental, de desconexión terrenal, no lo encuentro. Quizás la cuestión no sea tanto buscar ese interruptor sino, más bien, encontrar aquello que consiga sumergirme en un disciplinado caos. Eso que me arrastre de vuelta al camino que se ha ido difuminando durante estos últimos meses.
Echo la vista atrás y, por un momento, viajo a los tiempos en los que las promesas se hacían juntando las puntas de los dedos índices. Aquellos en los que lo que más miedo me daba era mirar bajo mi cama en plena noche. Los mismos en los que se decidía quién se la quedaría al escondite mediante la ruleta rusa de la mano acusadora de aquel que rifaba, entonando una canción infantil, quizás, tratando de endulzar la situación, mientras cada uno de nosotros, en corro, rezábamos por no ser los elegidos para tener que contar hasta cien y salir a buscar al resto en plena noche. Incluso todo aquello me resulta hoy más justo que cualquiera de las cosas que vienen sucendiendo ultimamente.
Ahora mismo, me conformaría con ir a ver una lluvia de estrellas, con tumbarme en la hierba en plena noche mientras miro todos esos meteoritos chocar contra una atmósfera cada vez menos impenetrable y no pensar en nada.
Pero aquí no brillan otras que no sean las de mi habitación, aquí sólo he podido ponerle tu nombre a esa que está a punto de despegarse. Y no dejo de pensar.
viernes, 29 de abril de 2011
Imprevisible
Tú eso no lo ves, claro. Tú miras la fachada y ya está. La culpa es mía, que nunca te he dejado ver lo que hay detrás, nunca he dejado las cosas claras. Pero es que temo que, si lo descubres, decidas besarme con rabia o echar a correr y no te vuelva a ver. Es difícil de explicar, me da tanto miedo lo uno como lo otro y, a su vez, lo deseo. No siempre es sencillo poner nombre a un sentimiento, aún siendo lo que más me guste hacer.
Si no sientes, corres el riesgo de perderte, está claro. Pero si lo que sientes lo dejas encerrado entre cuatro paredes, termina por minarte las noches y los días. Sobre todo las noches. Esas noches en las que preferiría tenerte en mi cama y tengo que salir a rastrear, esas que tengo que pasar sola, abrazando una almohada demasiado muerta.
Pero eso no lo sabes, ni tan siquiera creo que llegues a imaginarlo.
Puede que mañana me arrepienta de haber escrito esto, o puede que saque fuerzas y te lo cuente. También puede que, de repente, diga todo eso que nunca digo, todo eso que grito cuando me miras. O puede que, simplemente, desaparezca y no vuelvas a saber de mi.
Pero así soy, y entendería que no me entendieras, yo no lo hago, pero me ha tocado vivir conmigo y no puedo librarme facilmente del torbellino mental en el que ando sumida.
La soledad no es mala cuando es autoimpuesta, siempre lo he dicho, pero no poder tenerte cuando quiero me parece un desastre universal. Luego, la tierra tiembla y la gente se echa las manos a la cabeza mientras yo intento explicarme cómo es posible que aún no haya explotado en mil pedazos.
Que sí, que no soy de lo más cabal de tu territorio, pero admite que soy una pieza indispensable en un puzzle que no sabes terminar. Quizás sea eso lo que ocurre, que no terminas de encajarme entre todas esas otras piezas, que mis pestañas se enredan y cambian de posición cuando les viene en gana y eso te desorienta. Date cuenta ya. Cierra los ojos y recuerda cada paso, cada movimiento, no es tan difícil. Cada vez estás más cerca, no lo estás haciendo del todo mal. Pero hazme un favor, cuando caigas en la cuenta, dímelo y ayúdame a cerrar el círculo.
Ojala algún día podamos reírnos de cada letra, de cada palabra no dicha. Ojala seas lo feliz que mereces ser, que la vida te ponga donde deberías estar. Ojala todo.
Si no sientes, corres el riesgo de perderte, está claro. Pero si lo que sientes lo dejas encerrado entre cuatro paredes, termina por minarte las noches y los días. Sobre todo las noches. Esas noches en las que preferiría tenerte en mi cama y tengo que salir a rastrear, esas que tengo que pasar sola, abrazando una almohada demasiado muerta.
Pero eso no lo sabes, ni tan siquiera creo que llegues a imaginarlo.
Puede que mañana me arrepienta de haber escrito esto, o puede que saque fuerzas y te lo cuente. También puede que, de repente, diga todo eso que nunca digo, todo eso que grito cuando me miras. O puede que, simplemente, desaparezca y no vuelvas a saber de mi.
Pero así soy, y entendería que no me entendieras, yo no lo hago, pero me ha tocado vivir conmigo y no puedo librarme facilmente del torbellino mental en el que ando sumida.
La soledad no es mala cuando es autoimpuesta, siempre lo he dicho, pero no poder tenerte cuando quiero me parece un desastre universal. Luego, la tierra tiembla y la gente se echa las manos a la cabeza mientras yo intento explicarme cómo es posible que aún no haya explotado en mil pedazos.
Que sí, que no soy de lo más cabal de tu territorio, pero admite que soy una pieza indispensable en un puzzle que no sabes terminar. Quizás sea eso lo que ocurre, que no terminas de encajarme entre todas esas otras piezas, que mis pestañas se enredan y cambian de posición cuando les viene en gana y eso te desorienta. Date cuenta ya. Cierra los ojos y recuerda cada paso, cada movimiento, no es tan difícil. Cada vez estás más cerca, no lo estás haciendo del todo mal. Pero hazme un favor, cuando caigas en la cuenta, dímelo y ayúdame a cerrar el círculo.
Ojala algún día podamos reírnos de cada letra, de cada palabra no dicha. Ojala seas lo feliz que mereces ser, que la vida te ponga donde deberías estar. Ojala todo.
viernes, 15 de abril de 2011
¿Quién se llevó tu mes de abril?
Te llevaste las caricias, las miradas, las sonrisas. Sin darte cuenta, te llevaste el brillo también. Me dejaste sin luz, pero ¿para qué íbamos a brillar dos pudiendo brillar sólo tú? Venías, me arrojabas alguna de las migajas que te sobraban de algún otro amor y te marchabas sin escuchar cómo se me partía el corazón. Fue así, resquebrajándose, como, paradojas de la vida, se tornó más duro.
Con aquellas migajas pasaba la semana. Al principio me las comía, pero resultaba muy macabro esperar a que te dignaras a volver y dejar más. Así que, un buen día, compré una cajita de cartón y empecé a meterlas dentro. En parte, para no verlas y olvidar, y, en parte, para comérmelas de golpe en un momento bajo. Siempre la llevaba conmigo, por si volvías y se presentaba la ocasión de meter más o por si llegaba el ansioso momento de terminar con todas. Me sentía tan pequeña, que hasta la ropa se había hecho más grande que yo, sin darme cuenta de que lo que estaba ocurriendo es que estaba perdiendo peso. Así, me hice un poco menos visible, dejé de ser imprescindible en cualquier lugar, y empecé a caminar como un espectro más sin saber que, al igual que estaba dejando de importarle al resto del mundo, el poco interés que pudieras tener puesto en mí también se estaba evaporando para formar una enorme nubre negra que me acompañaría allá donde fuera.
Una tarde de finales de abril, me encontraba caminando sin rumbo con mi cajita debajo del brazo y la nube sobre mis sesos, con el ánimo en el suelo y los ojos recorriendo las baldosas. Puede que, en algún momento, ese desánimo tomara un estado gaseoso, pues la nube que tenía sobre mí se volvió tormenta. Empezó a tronar y a llover. Eché a correr creyendo que así podría dejarla atrás, pero fue una estupidez, pues me siguió a la misma velocidad. Mi torpeza, y supongo que también la cruda realidad, terminaron por dejarme caer de bruces contra el suelo, precipitándose la caja también, abriéndose y esparciéndose las migajas por la acera. No pude hacer nada, se empaparon y resbalaron calle abajo hasta caer por una insaciable alcantarilla.
¿Eso era todo?, ¿así terminaba la historia? Al rato acepté la idea de que quizás la mayoría de ellas terminan así, de la manera más tonta. Yo me había quedado allí sentada, mojándome, derramando las lágrimas en los charcos de desencanto que se habían ido formando. Cuando la nube no tuvo nada más que arrojar sobre mí, se disipó.
Curiosamente, el sol no me secó. ¿Qué importaba? Si todo lo que pudiera querer te lo habías llevado tú. Sin brillo, ni caricias, ni miradas, ni sonrisas y, entonces también, sin las migajas de todo aquello, no se podía vivir.
En algún momento, alguien que paseaba por allí, pudo verme. Me alivió saber que aún existía alguien capaz de advertir la presencia en un espectro más. Se agachó para preguntar si me encontraba bien, y sólo pude responder que un poco empapada. Me miró, sonrió y me tendió la mano para ayudarme a levantar. Supuse que el simple hecho de que se hubiera fijado en alguien casi invisible le convertía en alguien especial, quizás alguien que pudiera brillar con luz propia. Así que agarré su mano, me puse de pie y, a partir de entonces, mayo comenzó.
Con aquellas migajas pasaba la semana. Al principio me las comía, pero resultaba muy macabro esperar a que te dignaras a volver y dejar más. Así que, un buen día, compré una cajita de cartón y empecé a meterlas dentro. En parte, para no verlas y olvidar, y, en parte, para comérmelas de golpe en un momento bajo. Siempre la llevaba conmigo, por si volvías y se presentaba la ocasión de meter más o por si llegaba el ansioso momento de terminar con todas. Me sentía tan pequeña, que hasta la ropa se había hecho más grande que yo, sin darme cuenta de que lo que estaba ocurriendo es que estaba perdiendo peso. Así, me hice un poco menos visible, dejé de ser imprescindible en cualquier lugar, y empecé a caminar como un espectro más sin saber que, al igual que estaba dejando de importarle al resto del mundo, el poco interés que pudieras tener puesto en mí también se estaba evaporando para formar una enorme nubre negra que me acompañaría allá donde fuera.
Una tarde de finales de abril, me encontraba caminando sin rumbo con mi cajita debajo del brazo y la nube sobre mis sesos, con el ánimo en el suelo y los ojos recorriendo las baldosas. Puede que, en algún momento, ese desánimo tomara un estado gaseoso, pues la nube que tenía sobre mí se volvió tormenta. Empezó a tronar y a llover. Eché a correr creyendo que así podría dejarla atrás, pero fue una estupidez, pues me siguió a la misma velocidad. Mi torpeza, y supongo que también la cruda realidad, terminaron por dejarme caer de bruces contra el suelo, precipitándose la caja también, abriéndose y esparciéndose las migajas por la acera. No pude hacer nada, se empaparon y resbalaron calle abajo hasta caer por una insaciable alcantarilla.
¿Eso era todo?, ¿así terminaba la historia? Al rato acepté la idea de que quizás la mayoría de ellas terminan así, de la manera más tonta. Yo me había quedado allí sentada, mojándome, derramando las lágrimas en los charcos de desencanto que se habían ido formando. Cuando la nube no tuvo nada más que arrojar sobre mí, se disipó.
Curiosamente, el sol no me secó. ¿Qué importaba? Si todo lo que pudiera querer te lo habías llevado tú. Sin brillo, ni caricias, ni miradas, ni sonrisas y, entonces también, sin las migajas de todo aquello, no se podía vivir.
En algún momento, alguien que paseaba por allí, pudo verme. Me alivió saber que aún existía alguien capaz de advertir la presencia en un espectro más. Se agachó para preguntar si me encontraba bien, y sólo pude responder que un poco empapada. Me miró, sonrió y me tendió la mano para ayudarme a levantar. Supuse que el simple hecho de que se hubiera fijado en alguien casi invisible le convertía en alguien especial, quizás alguien que pudiera brillar con luz propia. Así que agarré su mano, me puse de pie y, a partir de entonces, mayo comenzó.
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