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miércoles, 10 de octubre de 2012

Soledades

Tal vez sea aquella soledad temprana, que alimentó nuestra imaginación hace tiempo, nuestro punto de encuentro hoy.
Ya entonces sabía mirar detrás de tus ojos, era capaz de ver peces bucear en los océanos de tu niñez, de apreciar un matiz en las sonrisas que rara vez dibujabas, que no tenían los otros niños. Yo ya sabía que tu mundo interior era mucho más extenso que todo lo que nos rodeaba: cuadernos, lápices, pizarras, recreos, balones, peonzas y combas.

Una vez, te cogí la mano y te llevé a mi rincón favorito del patio. Intenté advertirte de lo que podría suceder cuando volviéramos a encontrarnos, pero ni tú supiste escucharme ni yo supe expresarlo. La cuestión es si ahora ya somos mayores, si ahora que he aprendido a expresarme, sabré explicarte lo que yo veía en ti cuando aún no habíamos rozado la pubertad, cuando las clases de inglés estaban patrocinadas por un pájaro que había dibujado nuestra profesora. Recuerdo que hicimos un concurso para ponerle nombre, tú ganaste. Falcon. Es posible que aún guarde el cuaderno donde está dibujado. En ningún momento me extrañó que se le diera el nombre que habías propuesto. Aquella noche se lo conté a mi madre, le dije que eras el niño más inteligente de la clase y que me gustaba el nombre.

Ahora que nos reencontramos es cuando me cuentas lo que ya sabía de ti y me hago la sorprendida. Ahora eres capaz de ver todos esos peces bucear en los océanos de tu juventud, de apreciar un matiz en las sonrisas, que rara vez esbozas, que no tienen otros jóvenes. Por fin te has dado cuenta de que tu mundo interior es mucho más extenso que lo que nos rodea: rutina, trabajos mal remunerados, fiestas, resacas, desconfianza y hastío.
Tal vez sea esta soledad mediana, que alimenta nuestra imaginación hoy, nuestro punto de encuentro mañana

jueves, 12 de enero de 2012

Poker de ases

Me encontró sin buscarme, pero no debí haberle buscado para no perderme. El error del enamorado es dejarse ver demasiado, arrojar las cartas sobre la mesa antes de empezar la partida. Así nunca se gana.
Se me antojan ajenas las noches de insomnio y taquicardia, las ganas de escaparme contigo a otras ciudades para salvarnos del vacío que trae consigo la rutina, pasar de querer olvidarte a tener que esforzarme para pensar en ti.
El acierto está en no pensar en lo que deberíamos sentir, sino, más bien, en sentir lo que pensamos.
Ni tú ni yo fuimos las primeras, pero la siguiente tampoco será la última. Seguirá vagando en busca de lo que algún día creyó encontrar, el remedio a su vulgar existencia, el rostro que acariciar cada mañana. Seguirá queriendo ser lo que ni tan siquiera llega a aparentar, anhelando protagonizar una película que nunca se llegó a rodar.

martes, 4 de octubre de 2011

Cambio

Te estaré esperando donde siempre, sentada con las manos pilladas bajo las piernas, con la esperanza rozando tus labios, sabiendo que no vas a pasar por allí, que no has vuelto a pasar. Al caer el sol, llegará el frío y tal vez pase algún perro callejero o un niño buscando su balón.

Miraré los aviones y recordaré los viajes que no hicimos, las promesas que incumplimos, los abrazos que el aire recogió cuando el tiempo dictaminó poner tierra de por medio entre una historia con más olor a rancio que a nuevo y un futuro más vivo que el presente.
Llevaré el cuaderno que me regalaste y arrancaré, una por una, sus hojas, escritas con las verdades que nunca llegarás a leer porque jamás quisiste saber nada de las noches que pasé en la puerta de tu casa esperando un cambio. Un cambio que no sucedería en ese decrépito portal, sino en cualquier parte en la que no estuvieras tú, con una persona capaz de sonreír a mi tristeza y devolverme los abrazos que el aire me robó. Pero yo no lo sabía.
Recordaré la navidad de las luces y los besos robados, la de la mentira cogiendo mi mano, la misma del bosque de luna y sol.

Antes de irme, creeré verte entre las sombras que dibuje mi imaginación, pero no acudiré a nuestro ficticio encuentro porque habré estado esperándote por costumbre, como por costumbre te quería y, como por costumbre, te olvidé.

martes, 27 de septiembre de 2011

Como otro cualquiera

Caminaba sin zapatos. Algunos le miraban con lástima, pero esquivar los cristales siempre le había resultado más divertido que pisarlos teniendo la seguridad de que no se le iban a clavar en la planta de los pies.
Perseguía sueños, coloreaban sus mejillas de un rojo y frío diciembre. Corría tras ellos descalzo y contento, confiando en su capacidad para cazarlos. Un día atrapó uno y se deshizo en sus manos. Comprendió, así, que los sueños que antes se cumplen son los que se pierden primero.

Bailaba con las sombras, a veces conocidas, otras anónimas transeúntes de aceras y hierba, de aguas y arena. Nunca se atrevió a decirle a nadie que las que más le gustaban eran las que llevaban flores en el pelo y dejaban mecer su melena al viento.

Hablaba con niños y viejos, se enfadaba con la gente que intentaba regalarle chanclas, playeras o mocasines y creó una pantalla a su alrededor que no dejaba pasar las voces de los que le llamaban loco.

Dibujaba estrellas, de todos los tamaños y colores, en paredes y en papel. Poseía su brillo y no sospechaba ser una de ellas, pero todos lo sabían, lo que generó decenas de envidias tumorales, la felicidad ajena es algo que a pocos logra contentar y aún a menos consigue contagiar.

No tenía dinero, se había gastado hasta la última moneda viviendo de nube en nube, y todo lo que llegó a robar fueron helados de pistacho.
Adoraba disfrazarse, algunos días de infeliz, otros de cobarde, a veces de persona normal. Con poco atavío pero con mucha expresión. Tenía una boina que se colocaba del revés cuando quería burlarse de los muertos de oficina, unas gafas con medio cristal y un collar de caracolas. Tenía tu edad o la mía, pero otras rutinas.

 Siempre sonreía. (...)

lunes, 4 de julio de 2011

La lija y la seda

No se dio la vuelta. Si por lo menos hubiese existido ese último gesto, el que arroja una esperanza con la que no se contaba, ese que nos lleva a pensar que aún queda parte de nosotros en quien se está alejando; si hubiera ocurrido, no cabe duda de que los días serían más sueño que vigilia, más cama que calle, más flores que alcohol. Pero no se dio la vuelta y eso lo cambia todo. Una vulgar despedida para una historia que perfectamente podría haberse convertido en leyenda de las calles que ahora me ven deambular empapada en lo que pudo haber sido.

Quién sabe lo que hubiese pasado después, un abrazo tal vez, un silencio, un beso, una noche con más luz que el día, un "para siempre", un "nunca más". Me mata la duda, alojada en alguna parte de mi cerebro que se envenena con la imagen que no quiere recordar. Aún me veo anclada en la acera- "si se da la vuelta antes de que cuente diez es que me quiere pero no se atreve a decirlo" -con la ingenuidad de una juventud que me impedía ser objetiva.
Puede que tan sólo sean los prejuicios los que me lleven a pensar así, puede que si hubiera contado hasta veinte hubiera dado tiempo a que mirara hacia mi puerta, o que lo hiciera cuando yo dejé de observar su silueta, o quizás no se girara esperando que fuera yo quien, sin hacer ruido y por sorpresa, le alcanzara y le tapara los ojos susurrándole al oído "bienvenido".

lunes, 13 de junio de 2011

Datos inservibles

Me olvidó rápido y no me sorprende. No puedes retener demasiado tiempo en tu memoria algo que estorba más que agrada. Me olvidó como el que olvida un paraguas en el cine, con descuido y sin importarle en absoluto. Nunca damos demasiado valor a lo sustituible, tal vez porque no lo tiene, pero está claro que yo lo era. Sustituible y, a su vez, sustituta.
Sustituía a alguien de quien nunca supe mucho y contra quien no quise competir. En parte, porque hay batallas que nunca podrán ganarse, sobre todo si el amor es el mediador; y, en parte, porque el final se conocía desde el principio. Fue mi decisión precipitarme del nudo al desenlace habiendo tenido la opción de quedarme en la introducción.

Me olvidó y no me duele. Si miro atrás, aún puedo verme en aquella calle, cargada de ingenuidad, con unos ojos que aún no habían conocido el desengaño, al borde del llanto, o de la muerte en vida, quién sabe, mirando a los suyos porque, para mi, no existía un sitio más agradable donde pasar el tiempo.

Hoy no recuerdo la mayoría de las cosas que él, cuando me habla con un café entre las manos, con esa misma confianza que siempre ha tenido en la adoración que hace años yo le profesaba, aún me cuenta de aquellos tiempos en los que habría hecho cualquier cosa porque se quedara conmigo, como tratando de adivinar si aún queda algún resto de aquella historia en mi. Pero, entonces, se da cuenta de que esos momentos de los que me habla se han perdido en algún lugar de mi memoria, e intenta recuperar todos los sentimientos que una vez tuve que guardar en una caja de seguridad para no perderlos, para que nadie pudiera volver a jugar con ellos, para volver a sacarlos cuando alguien los mereciera o cuando yo estuviera preparada para dejarlos expuestos al amor y volver a sentirme vulnerable sin miedo.

Pero ya no son suyos, no los consigue, y se enfada. Y, entonces, sonrío y le doy gracias al tiempo, que tan en nuestro lugar nos coloca a todos. Y trato de abrir la caja, es el momento de recuperar todo aquello que llevo tiempo sin sentir, pero no encuentro la llave.

viernes, 15 de abril de 2011

¿Quién se llevó tu mes de abril?

Te llevaste las caricias, las miradas, las sonrisas. Sin darte cuenta, te llevaste el brillo también. Me dejaste sin luz, pero ¿para qué íbamos a brillar dos pudiendo brillar sólo tú? Venías, me arrojabas alguna de las migajas que te sobraban de algún otro amor y te marchabas sin escuchar cómo se me partía el corazón. Fue así, resquebrajándose, como, paradojas de la vida, se tornó más duro.

Con aquellas migajas pasaba la semana. Al principio me las comía, pero resultaba muy macabro esperar a que te dignaras a volver y dejar más. Así que, un buen día, compré una cajita de cartón y empecé a meterlas dentro. En parte, para no verlas y olvidar, y, en parte, para comérmelas de golpe en un momento bajo. Siempre la llevaba conmigo, por si volvías y se presentaba la ocasión de meter más o por si llegaba el ansioso momento de terminar con todas. Me sentía tan pequeña, que hasta la ropa se había hecho más grande que yo, sin darme cuenta de que lo que estaba ocurriendo es que estaba perdiendo peso. Así, me hice un poco menos visible, dejé de ser imprescindible en cualquier lugar, y empecé a caminar como un espectro más sin saber que, al igual que estaba dejando de importarle al resto del mundo, el poco interés que pudieras tener puesto en mí también se estaba evaporando para formar una enorme nubre negra que me acompañaría allá donde fuera.

Una tarde de finales de abril, me encontraba caminando sin rumbo con mi cajita debajo del brazo y la nube sobre mis sesos, con el ánimo en el suelo y los ojos recorriendo las baldosas. Puede que, en algún momento, ese desánimo tomara un estado gaseoso, pues la nube que tenía sobre mí se volvió tormenta. Empezó a tronar y a llover. Eché a correr creyendo que así podría dejarla atrás, pero fue una estupidez, pues me siguió a la misma velocidad. Mi torpeza, y supongo que también la cruda realidad, terminaron por dejarme caer de bruces contra el suelo, precipitándose la caja también, abriéndose y esparciéndose las migajas por la acera. No pude hacer nada, se empaparon y resbalaron calle abajo hasta caer por una insaciable alcantarilla.

¿Eso era todo?, ¿así terminaba la historia? Al rato acepté la idea de que quizás la mayoría de ellas terminan así, de la manera más tonta. Yo me había quedado allí sentada, mojándome, derramando las lágrimas en los charcos de desencanto que se habían ido formando. Cuando la nube no tuvo nada más que arrojar sobre mí, se disipó.
Curiosamente, el sol no me secó. ¿Qué importaba? Si todo lo que pudiera querer te lo habías llevado tú. Sin brillo, ni caricias, ni miradas, ni sonrisas y, entonces también, sin las migajas de todo aquello, no se podía vivir.

En algún momento, alguien que paseaba por allí, pudo verme. Me alivió saber que aún existía alguien capaz de advertir la presencia en un espectro más. Se agachó para preguntar si me encontraba bien, y sólo pude responder que un poco empapada. Me miró, sonrió y me tendió la mano para ayudarme a levantar. Supuse que el simple hecho de que se hubiera fijado en alguien casi invisible le convertía en alguien especial, quizás alguien que pudiera brillar con luz propia. Así que agarré su mano, me puse de pie y, a partir de entonces, mayo comenzó.

sábado, 12 de marzo de 2011

Con rabia y amor

Son esas cosas que una calla, las que no dice, las que suelen ser más importantes. Sin saber muy bien por qué, en cierto momento, decide guardarlas dentro porque, así, no corren el riesgo de ser malinterpretadas al convertirse en palabras, susurros, gritos o canciones.

También es cierto que llega un momento en que todas esas cosas que una comparte consigo misma empiezan a hacer daño, indignadas porque no se les brinde la oportunidad de ser expresadas. Y presionan las entrañas, buscando la grieta, queriendo escapar. Entonces, una se aventura a contarselo a otra persona, sólo a una, meticulosamente escogida y conocida. Alguien que no juzgue y sea capaz de aliviar una pizca de la angustia que, a la primera, atormenta. Alguien que se limite a escuchar y aconsejar. Porque a una le gustan las opiniones, hay tantas como personas en el mundo, y cada una puede aportar algo con lo que, hasta el momento, no se contaba. Lo hace con la esperanza de que, por obra y gracia de esa simple confesión, todo se arregle, y deje de pensar y de sentir lo que no quiere, o no debe, ya ni lo sabe, sentir; que el corazón vuelva a su lugar, se recoloque y, con él, todas las piezas del puzzle que no consigue terminar.

Pero las cosas no siempre son tan sencillas como una creía que podrían llegar a ser y resulta que ninguna de esas esperanzas sonríen a sus expectativas. Entonces, una intenta evitar volver a caer en el bucle acción-reacción-destrucción en el que ya cayó una vez. Y se vuelve un poco excentrica. Empieza a acudir a iglesias a las que nunca acudió, y reza a los dioses en los que nuna creyó. Les pide clemencia y perdón. Les pide un milagro inmerecido, un poco de oxígeno en esa cámara de gas que le impide respirar. Y, de pronto, empieza a escuchar canciones de un coro de niños, sale de allí y vuelve corriendo a casa, con el corazón acelerado, empapada en un sudor que nadie secará esa noche. Y la puerta no se abre e intenta forzar lo que no se puede derribar. Le pega unas patadas, ya no sabe si porque quiere entrar y meterse en la bañera o porque no tiene otra forma aniquilar el dolor. Pero nadie abre, ni se mueve, y el silencio es lo único que queda después de la agitación inicial. Apoya su espalda en la pared y resbala hasta el suelo. Una se rinde y, entonces, llora siendo incapaz de discenir si esas lágrimas contienen lo que calla o lo que reza. Y ya no sabe si llora por los dioses, por los niños que cantan en la iglesia, por el sudor que la empapa o porque la puerta no se abre. Deja de pensar, cuesta mucho, deja de sentir y se abandona a los brazos de Morfeo.

De pronto, abre los ojos, está en la cama y la claridad se muestra como punto de inflexión entre el sueño y la vigilia a través de las tablas de una vieja persiana veneciana a medio cerrar. Y allí, mirándola, sonriente, está el culpable del sueño que seguramente vaya a entorpecer el resto de su día, pero respira aliviada, y se entrega un ratito a él, con rabia y amor, con alegría y calor, sabiendo que sigue callando pero que, mientras calle, nada puede temblar.


And then I looked up at the sun and I could see
Oh, the way that gravity turns for you and me.
And then i looked up at the sky and saw the sun
and the way that gravity turns on everyone, on everyone...


http://www.youtube.com/watch?v=pCKbxjicgYM


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domingo, 12 de diciembre de 2010

Pero dos no es igual que uno más uno

Pudiendo haber pasado todo lo mejor, terminó ocurriendo lo peor. Y no es que nadie dejara de hacerlo todo bien, ni llegase a hacer algo mal. No es que extrañas fuerzas del universo intervinieran para que eso pasara. Sólo es que, a veces, de un hilo se hace un ovillo difícil de desenredar. La una no sabía coser y la otra jamás logró deshacer un nudo. Y no supieron qué hacer con aquella bola.
Pero no fue hasta meses después cuando supieron que no había remedio.

Habían sido semanas de felicidad absoluta. De madrugar sonriendo y acostarse acompañadas. De cines, conciertos, libros y besos. De retratos, paseos, sudores y cartas con remite. Nada importaba, todo era amable.
Pero nada es eterno y, aunque se prometieran no pensar demasiado en por qué a ellas, en autobuses separados, dejaban la misma mirada aterrada perdida en el cristal. Aquella roja manzana que habían mordido con tantas ganas resultó ser algo indigesta, no estar hecha para esos dos pequeños estómagos. Entonces, llegaron las lágrimas y los lamentos, desearon haberlo hecho de otro modo, haber sido más valientes, o más cobardes desde un principio, no haber metido los pies para terminar caladas hasta las rodillas. Y, al final, el miedo a ahogarse venció a las ganas de nadar; terminando, de todas formas, las dos sin aire en el fondo de algún lugar perdido.

Nadie les contó nunca que el corazón tiene cuerda, que está programado para frenar ese frenético ritmo en determinado momento y que, si no eres capaz de controlar esa frenada, los sentimientos se desvanecen como un sueño nunca cumplido.

domingo, 23 de mayo de 2010

Desire

Le conocí en el metro. El mismo lugar donde dejé de verle.
Llevaba barba de dos días y una sudadera de Harvard. Otro pijo de ciudad, pensé.

Pues bien, ahí estaba yo sentada, concentrada en mi música. Mi música y nada más. A veces no me hace falta nada más que eso. Unos cascos y mirar a la gente mientras invento la clase de vida que llevarán, los sueños que han cumplido y los que quizás les quedan por cumplir.
A cierta distancia, pude sentir sus ojos sobre mí. Y mi mirada, esquiva, le rozó los labios. Juro que fue un accidente. Pero pasó. Debió de hacerle cosquillas, pues sonrió. Y yo respondí como una idiota. Ahora pienso que quizás tan sólo lo hice porque me sentó bien eso de saber que existía, de repente, alguien en este puto mundo para quien no era invisible.

Sigo mis impulsos, pero si me empujan me resulta más fácil saltar. Puede que fuera mi mente la que quiso ver un gesto en su cara pidiéndome bajar en su parada. Puede que no. Pero bajé. Salí como si aquello fuera a arder o algo así. Como si, en realidad, aquella fuera mi parada. Y me seguían. Esos ojos me seguían. De repente, a mi izquierda, apareció de nuevo, sonriendo. Temí que fuera mudo, en serio. Me quité los cascos y ya, de paso, un poco de coraza:

-¿No vas a preguntarme mi nombre?
-Pensé que no podrías oírme con ese trasto en la cabeza.

Las apariencias engañan, pero sus palabras no lo hicieron.
Es curioso cómo las cosas pueden cambiar en tres paradas. Puedes estar tan vencida, tan cansada de todo, de nada... Y de repente, alguien recompone tus pedazos. Y ni te das cuenta, pero sonríes.
Destinos cruzados, encuentros y despedidas en un mismo lugar.
Si ya lo dice Quique González, que cada día puede ser un gran día, pero hay días más grandes todavía. Y lo que podía haber quedado en un simple cruce de miradas, se convirtió en un daiquiri, y otro, y una cerveza, y un paseo, y una cena con ración de besos, y un dollar que devolver a la vuelta, y una salida de emergencia a la que acudir cuando se te incendia el alma.

lunes, 17 de mayo de 2010

Es mentira.

Verás, haremos una cosa. Yo no te correspondo, tú no me correspondes, y todos contentos.
Quizás así sea más fácil desplegar las alas para estamparse en cualquier lugar. Quizás no.
De cualquier manera, en otro tiempo te habría querido. No te miento. Lo habría hecho de esa manera tan tonta con la que hago las cosas más sencillas como lavarme los dientes con la mano izquierda, pintarme los labios antes de lavarme los dientes o buscar la parte fría del colchón en las noches de verano.

Antes no era tan difícil querer. Sin miedo. Yo quería sin miedo.
No es que hiciera promesas. Nunca me han gustado, por eso de no cumplirlas y decepcionar. O, mucho peor, por eso de que no las cumplieran. Pero quería. Y habría resultado tan fácil quererte entonces, cuando no había cicatrices que proteger, ni complejos que esconder, ni caras que olvidar.

Ahora todo duele menos, aunque tan sólo sea porque no dejo que las cosas me afecten demasiado. Si no me mojo no tengo que secarme. No sé si me entiendes. Sí, ya sé que es idiota hacer eso, que no tiene escusa. Pero así como tú usas mecanismos de defensa de tipo transferencia, sublimación y demás rollos psicológicos, yo utilizo la negación. Si me lo niego, me lo creo. No se engañar al resto, pero a mi me engaño que da gusto.

Te habría escrito cuatro versos, ni uno más. Mal escritos y sinceros. Con sentido y sin paraguas.
Te habría dado cada una de mis noches, con su luna y sus estrellas. Con mis velas y tus sueños.
Te habría contado mis idas y venidas, habría escuchado las tuyas. Si me esfuerzo, hasta puedo verte sonreir. Sé que habrías sonreído. Con esa sonrisa que pones cuando te pido que me lleves al mar, a ver algún amanecer. La misma que pones cuando me ves llegar.

Entoces te habría besado. Sin prisa unas veces, a quemarropa otras. Sin contrato, con calor, incendiando portales.
Habríamos inventado alguna que otra historia sobre cualquier persona que hubiéramos visto viajando en el metro. Habríamos decorado mi habitación, le habríamos puesto hasta nombre.
Nos habríamos tumbado en silencio al sol, dejándonos querer.

Pero no puedo darte esos versos, ni esas noches, ni esos besos. Ni inventar, ni decorar, ni dejarme querer.
Mejor no correspondernos. No me quieras, no quiero quererte. O no puedo. Ni yo lo sé.
Además, si empiezas a hacerlo no vas a poder dejarlo. Y yo tampoco.
Hay trenes que hay que coger deprisa, que si se cierran las puertas ya no subes. Pero déjame pasar. Yo no soy tu tren, no vas a ser feliz conmigo.
Y tú eso no lo sabes.